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¿Cómo leer la crisis mundial?
Las malas  noticias económicas  caen día a día y una mancha de desazón va cubriendo el planeta.  Asistimos cual espectadores pasivos al espectáculo de un  desastre. Las noticias no vienen acompañadas de escenas terribles ni manchadas de sangre, las víctimas son anónimas y dispersas, lo que no le resta violencia. Lo que está ocurriendo, en una total impunidad, es la alteración de la vida cotidiana de millones de seres humanos. Esa misma gente que se vio embarcada, anónimamente, en la ilusión de los mercados globalizados ahora tiene que pagar la cuenta.  Ahora somos todos perdedores, arrastrados por el colapso de las estructuras el capitalismo financiero globalizado. Las guerras por el petróleo y la caída del centro de comercio mundial (World Trade Center) que en su momento nos parecieron lejanas fueron señales suficientes de la violencia inherente al modelo. Pero no lo vimos.  Y la descomposición vino desde el corazón mismo del sistema. 

Estamos asistiendo a la involución de un modelo que deja al descubierto la debilidad de los supuestos que lo sustentaron por casi dos siglos: una civilización basada en el desarrollo puramente material donde el conocimiento mas valorado es  el que permite manipular la materia, una civilización que cree en el progreso constante e infinito, una civilización que se nutre de la razón erigiendo como única verdad aquello que es demostrable por la ciencia.  Vistas desde la tradición espiritual de Oriente-donde la civilización se vive como aceptación de un principio superior - estas ideas fuerzas resultan parciales, ingenuas e inmaduras.  La razón analítica fragmenta la realidad y no puede entenderla en forma integral, el progreso infinito no es otra cosa que erigir el cambio en consigna lo que es evasión del presente, la ciencia impide la comprensión profunda y sintética a la cual sólo se accede por la intuición. 

La obra “civilizadora” de Occidente  llegó a cada hogar del planeta montando el corcel de la libertad económica. Lo que no lograron las Cruzadas ni los conquistadores ocurrió gracias a la difusión del libre mercado. Progreso, bienestar material, control de los fenómenos naturales, manipulación de la naturaleza y de la vida….fueron parte del credo que nos mantuvo en la ilusión de que todos y todo iría mejorando.  Un credo que exigía una ceguera, la de no querer ver los límites y excesos de la razón: el aceptar como válidas las divisiones introducidas entre los pueblos, el considerar necesaria la intervención de la naturaleza, el engaño encubierto tras los objetivos de crecimiento, las soledad en que nos dejan las relaciones puramente utilitarias, la violencia que despierta  la desigualdad en el acceso a los bienes del mercado..

Pero ya aprendimos que las buenas noticias no vienen de afuera sino del interior de cada uno. Aprendemos del dolor, la privación, la incertidumbre. Ahora que no estamos drogados con el Progreso y el Crecimiento podemos mirar de frente lo que hemos hecho de nosotros mismos, de nuestras relaciones, de nuestro entorno.. Sabemos que los recursos naturales se agotan, que no se puede “creer” en el mercado, que tenemos necesidades artificialmente creadas por el marketing. Intuimos que  hay un cierto orden en la vida con el cual deseamos alinearnos.   Quizá la mayor enseñanza sea el no seguir hipotecando nuestras vidas, que el trabajar y soñar con un mañana mejor nos ha impedido resonar con el Presente, con ese origen sublime del cual venimos y por el cual fuimos creados.