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El terremoto, una oportunidad para Ser Chile
Cecilia Montero
Chile atravesó la primera década del siglo XXI con fluidez: a pesar de ciertos rezagos la democracia política y la democracia económica estaban mas o menos en equilibrio. Al iniciarse el año 2010 el país podía hacer gala, una vez mas, de haber superado la crisis financiera mundial sin secuelas y de vivir una transición política ejemplar. La celebración del Bicentenario se anunciaba bien en tanto se podían mostrar los múltiples logros de una nación que en 200 años había logrado una cierta madurez en todos los ámbitos. Todo esto en un clima de relativa paz social alterado esporádicamente en la zona sur por el conflicto mapuche. La identidad nacional estaba siendo pulida, clarificada, remozada, para que el pueblo chileno pudiera mirar-se y mostrarse al mundo con un cierto orgullo nacional.

Todo parecía a punto para que se encendiera el escenario de una histórica fiesta. Una presidenta que dejaba el cargo con una alta aprobación popular teniendo a su haber un sistema de protección social inédito en la historia de países de similar nivel de desarrollo. La economía estaba floreciente y los chilenos parecían integrados en la espiral del crecimiento económico. A pesar de la evidente desigualdad en la distribución del ingreso, en la última década se había elevado ostensiblemente el poder adquisitivo de todos los chilenos. Los hijos e hijas de familias populares tenían ante sí una clara opción de movilidad social: el ingreso a la universidad. Cada vez mas obreros estaban accediendo a la casa propia. El automóvil se estaba convirtiendo en una herramienta de trabajo. El afán de logro, la capacidad de emprender y crear su propio negocio son ahora conductas transversales. Facetas todas que ilustran un proceso de penetración de los valores del capitalismo hasta el rincón mas aislado del territorio. Mas aún las conductas de competencia e individualismo ya se habían exacerbado a tal punto que comenzaban a aparecer los síntomas de su impacto en la salud física y mental de las personas: stress, diabetes, depresión.

Una mayoría ciudadana, movilizada tras el sueño americano, terminó por expresar esta opción valórica al escoger a un empresario, multimillonario, como presidente de la República. Y así estaban las cosas: las expectativas de progreso en alza, la mirada puesta en los proyectos materiales, las certezas descansando en una tierra que se sabía pródiga en recursos. La maquinaria consumista lanzada, legitimada, infundiendo falsas esperanzas de éxito. Toda trascendencia absorbida por la imagen como en los mejores tiempos de MacLuhan. Y las personas hipotecando toda libertad posible al comprar envoltorios vacíos de sentido (casas, autos, artefactos, espectaculos, vacaciones)

Pero la tierra tiene su propia dinámica y decidió otra cosa. Se movió el piso de las certezas, el mar se salió del paisaje. Las fuerzas telúricas vinieron a alterar lo mas básico de nuestro entorno interno y externo. En cosa de segundos todos los chilenos nos quedamos fuera del escenario en que estábamos desplegando nuestros proyectos de vida.

Cayeron todos los sistemas (electricidad, teléfono, Internet, comunicaciones) que aseguran la funcionalidad cotidiana. Las autoridades, el Gobierno, las Fuerzas Armadas, y todas las instituciones del Estado sin excepción quedaron al desnudo en su incompetencia para ejercer sus labores. El terre/maremoto nos dejó al descampado en plena noche enfrentados a nuestra precaria y absoluta soledad. En vano quisimos comunicarnos, en vano intentamos seguir como si nada hubiera ocurrido. Y aquí estamos intentando comprender, buscándole un sentido a todo.

En este momento nos estamos preguntando ¿en qué forma se va a recomponer la sociedad chilena? ¿Cómo saldrá el Estado y las instituciones de esta experiencia? ¿Con que recursos morales contará la economía? ¿Será posible, esta vez, unir fuerzas y apuntar a un proyecto-país?

No es posible abordar estos temas sin pasar primero por un examen profundo de la forma en que ha reaccionado la ciudadanía y sus principales actores e instituciones ante la catástrofe. Ese es el material con el cual se forjará la nueva identidad. La primera constatación que podemos hacer es acerca de la fragilidad de un sistema socio-cultural basado en los valores del logro y de la competencia. Frente a una situación de crisis primó, en las zonas urbanas mas golpeadas, el individualismo del sálvese quien pueda, el “agarra Aguirre”, el afán de sacar ventaja cuya expresión mórbida fueron los saqueos. Se dirá que esto es normal que ha ocurrido antes. Puede ser, pero si se observa de cerca el perfil de las personas que incurrieron en estos comportamientos no son los mas pobres sino los emergentes. Hombres y sobretodo mujeres de mediana edad con casa propia y buenos coches, que estaban en condiciones de robar objetos significativos. Los extremos de la pirámide social tuvieron comportamientos diferentes: vimos a los mas desvalidos replegarse en la comunidad para sobrellevar el dolor y a figuras destacadas de los sectores los mas pudientes volcarse frenéticamente en el “hacer”.

Por su parte las nuevas autoridades, al asumir sus funciones, hicieron leña del árbol caído: pusieron la nota en la identidad nacional tocando la fibra de la unidad. El llamado a manifestarse desde la identidad colgando la bandera chilena en las casas no surtió efecto alguno. En cambio la campaña solidaria vista en espectáculo (Teletón) fue un rotundo éxito. Como si el impulso humanitario, esa necesidad de dar, de empatizar y sentirse cerca de los demás en un lazo solidario, necesitara un guión, una escena, para expresarse. La teatralización del sufrimiento, la dramatización del desamparo, actúan en estas latitudes como las chispas que encienden los corazones.

¿Quiere esto decir que, en el fondo, los chilenos sí nos conmovemos, que no somos los seres egoístas y competitivos que parecemos? La pregunta no es moral sino evolutiva. Lo que merece la pena preguntarse es cual es el eslabón que falta para que este país deje de ser un mosaico de piezas sueltas que sobreviven entre el mar y la cordillera. ¿Qué necesitamos parar reconstruirnos, para lograr una mayor integración social, acogiendo nuestra diversidad? Cuando las condiciones de vida se ven tan fuertemente afectadas la pirámide social se aplana. Somos todos humanos, precarios y asustados. Esta es una oportunidad para asumir que el único capital que tenemos es esa dosis de resiliencia, la reserva moral, el temple y la entrega desinteresada que demostramos en caso de catástrofe.

La Torre de Babel sigue temblando. Podemos ubicarnos adentro o afuera de ella. El cataclismo nos saca del engranaje a la fuerza y nos deja solos con nuestro mundo interior. Podemos llenar ese mundo de miedos y regresar a las conductas de supervivencia. Podemos negar la inefable realidad y jurar que nuestra eficiencia empresarial reconstruirá el país sobre bases sólidas. Difícil de creer ahora que se cayeron las certezas, la experiencia política no sirvió de nada, la racionalidad científico-técnica no pudo frente a una ola gigantesca e imprevisible. También podemos salir por arriba, escalar y mirar que sí es posible integrarnos a este entorno en constante transformación que es la condición humana sobre el planeta. Reconstruir un habitat armonioso con el entorno y aplicar sin mas delaciones un sello verde a las construcciones.

Pero quizá lo mas importante es dejar el voluntarismo y reconocer nuestra impotencia ante el misterio. Aceptar con humildad nuestra impermanencia, dejar la arrogancia del control, y quedarnos por un rato en el asombro. El ser de Chile está clamando por expresarse, escuchémoslo así como escuchamos el ruido de la tierra.

C.M.La Reina, Marzo, 2010